Top
 

¡Bendito sea el Señor!

Días de viaje y muchas horas de autobús. Viajar encajado en un asiento, viendo pasar paisajes en el recorrido monótono de la carretera. Muchos más serían los calificativos aburridos y cansinos con respecto a las horas pasadas, pero no ha sido así. La disposición alegre interior es capaz de modificar cualquier escenario triste y soporífero. Y eso ha pasado. Las horas de bus han sido horas de diálogos, cantos, contemplación, oración, testimonio, diversión y un sinfín más de experiencias brotadas del interior de cada chico y chica que ha vivido estos días la JMJ. Es más, muchos de ellos (más allá de sentir la llamada de sirenas de su cama y su habitación) hubiesen querido hacer perdurar el viaje de bus.

Tras un desayuno en el hostel de Viena, marchamos a dar una vuelta por la ciudad. Más allá de la delicada pieza de orfebrería que es Praga, Viena nos ofrece una mirada más alta, un sabor ‘imperial’ que rezuma en sus edificios y calzadas. Es bonita, pero no es tan atractiva, no seduce como la capital Checa. Comida por libre y regreso a retomar nuestro segundo día de ruta de regreso, esta vez nos espera la etapa reina, más de 1000 km. El bus se vuelve un centro de cura de sueño para muchos. Las horas acontecen entre mil propuestas diversas dentro del habitáculo motor. Tras más de 12 horas de camino, llegamos a Génova, tras haber atravesado Austria, Alemania e Italia. Nos acogen los religiosos escolapios del colegio, mayores pero encantadores. Han estado desde las tres de la madrugada hasta nuestra marcha atentos a nuestras necesidades. Al entrar en la escuela, agua fresquita, ¡pero frizzante! (con gas) -nuestros jóvenes la prefieren así me comenta el P. Saviola, rector). Han de sacar botellas de agua natural ante el fracaso primero. Dormimos unas horas, desayuno y oración. En la puerta de la escuela (que va menguando porque la escuela católica italiana está tiene graves problemas para subsistir), damos gracias de nuevo y bendecimos cuanto acontece o ha de llegar. Luego un tiempo para visitar la ciudad (un pequeño grupo opta por echar una pachanguita en el campo de hierba artificial del patio). Nos reunimos para la comida, pizza napolitana (¡esto es pizza!) y focaccia típica genovesa (especie de coca, torta de aceite), junto a unos panecillos con fiambre y refrescos. Y para postre, ¡helado! Tenemos un gesto con los que han cumplido años estos días y a continuar. A la hora de convenir el pago, todo es una donación de una persona que quiere tener este detalle. Rezaremos por ella.

De nuevo maletas hasta el bus, en un clima ya típico de este Mediterráneo en agosto. Nos quedan casi 900 km más.

De nuevo el bus se convierte en el campamento ambulante. Esta vez el visionado de ‘El rey León’ se convierte en una atracción para todos. De nuevo, de madrugada, llegamos a Calella, donde el titular del centro Escolapio nos espera y nos acoge. Dormimos casi todos en el claustro (por calor) y alguna habitación. Prieto se despide. Ha sido el ‘chófer-jefe’ y el alma de la organización logística de lo que eran los viajes. Profesor nuestro de Oviedo que es conductor de buses y ejerce de vez en cuando. Con nosotros lo ha hecho extraordinariamente (solo algunos sabemos cuántos días y cuántas horas de preparación le ha llevado). Él lo hace como fruto de su vocación educadora escolapia. Gracias Prieto. También se despide el P. Eloy, pues ha de tomar un bus que si no se va hoy no llega mañana con todos. Gracias también al P. Eloy por su alegría y acompañamiento cercano.

Dada la hora se frustra el plan de baño nocturno en la playa (Carles es un aguafiestas).

Acabo con una nueva reflexión. ¿Qué se necesita para disfrutar y pasarlo bien? La respuesta tras vivir estos dos días es simple: casi nada, la voluntad de disfrutar. Hemos pasado 48 horas donde lo esencial ha sido el contacto con los otros. Apenas sin recursos, pero con la capacidad humana de intimar, acoger, desplegar dones, escuchar, ser creativos. Esta capacidad innata al ser humano aparece en momentos como estos. La buena noticia es que no la hemos perdido. La mala, que queda anestesiada ante la dictadura de la tecnología convertida en fin y no en medio. Durante dos días el diálogo y la charla han sustituido al whatsapp; las cartas, la guitarra y los juegos varios, a la videoconsola; la cercanía del otro al imperio audiovisual de internet. Todavía hay esperanza para esta generación: los viajes largos y tediosos en autobús… ¡Bendito sea el Señor!

Mañana, nuestro último día.

#JMJCracovia2016