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¿Queréis ser libres?

La falta de sueño se acostumbra a nuestro cuerpo o viceversa, pero el caso es que estamos arriba como todos los días. Hoy hemos de hacer las maletas para cargarlas en el bus y marchar al ‘Campus Misericordiae’ que está a las afueras de la ciudad (unos 12 km) donde viviremos la Vigilia, dormiremos al aire libre y celebraremos la Eucaristía final.

Tras cargar el bus, nos reunimos en nuestra parroquia de referencia a rezar laudes y orientar estos dos días intensos que nos quedan. Algunas indicaciones y en marcha.

El trayecto de ida ha sido algo caótico, estos polacos lo tienen todo muy bien preparado, pero lo que son accesos y reparto de comida está siendo el caballo de batalla para todos (y hoy lo sufrimos nosotros contundentemente).

Ahorro literatura, cinco horas engullidos por la muchedumbre, con calor y sin poder comer. Solidaridad de algunos vecinos en el camino echándonos agua, regalando manzanas y posibilitando casas para emergencias (nosotros gustamos de una que invitó a alguno de los nuestros a pastel ante su agobio y cansancio). Por fin llegamos a nuestro sector, el A5, mientras por la megafonía insistían en que ya estaban llenos y marcháramos a otros, pero la llegada anticipada de algunos del grupo y llevar el mismo polo nos facilitó la reagrupación. Juntos, pero hambrientos. Tras dos intentos en dos puestos de reparto de la comida nos quedamos a las puertas, así que tuvimos que hacer seis kilómetros más para poder adquirir nuestros picnics. Conclusión: cenamos la comida.

La Vigilia fue bonita, intercalando testimonios, canciones y unas palabras del Papa que de nuevo a ser contundente y directo: (no me resisto a copiaros parte de sus palabras -quizá si lo leéis padres y madres os ayude a orientar vuestra educación con vuestro hijo):

Pero en la vida hay otra parálisis todavía más peligrosa para los jóvenes, y muchas veces difícil de identificar; y que nos cuesta mucho descubrir. Me gusta llamarla la parálisis que nace cuando se confunde «felicidad» con un «sofá». Sí, creer que para ser feliz necesitamos un buen sofá. Un sofá que nos ayude a estar cómodos, tranquilos, bien seguros. Un sofá —como los que hay ahora modernos con masajes adormecedores incluidos— que nos garantiza horas de tranquilidad para trasladarnos al mundo de los videojuegos y pasar horas frente a la computadora.

Un sofá contra todo tipo de dolores y temores. Un sofá que nos haga quedarnos en casa encerrados, sin fatigarnos ni preocuparnos. La «sofá-felicidad», es probablemente la parálisis silenciosa que más nos puede perjudicar, la juventud. ¿Y por qué sucede esto Padre? Porque poco a poco, sin darnos cuenta, nos vamos quedando dormidos, nos vamos quedando embobados y atontados. Ayer hablaba de los jóvenes que se jubilan a los 20 años, hoy hablo de los jóvenes adormecidos, embobados, atontados.

Mientras otros —quizás los más vivos, pero no los más buenos— deciden el futuro por nosotros. Es cierto, para muchos es más fácil y beneficioso tener a jóvenes embobados y atontados que confunden felicidad con un sofá; para muchos eso les resulta más conveniente que tener jóvenes despiertos, inquietos respondiendo al sueño de Dios y a todas las aspiraciones del corazón.

Les pregunto a ustedes ¿Quieren ser jóvenes adormecidos, embobados, atontados? ¿Quieren que otros decidan el futuro por ustedes? ¿Quieren ser libres? ¿Quieren luchar por su futuro? No están muy convencidos, eh. ¿Quieren luchar por su futuro?

Por si sirve de algo, hubo un clamor unificado: ¡Sí! (Contestaron)

Tras el acto con el Papa, continuó un par de horas más una propuesta musical, pero ya la teníamos de fondo mientras intentábamos engullir alguno de esos botes-ensalada y otros ‘delicatessen’ de las bolsas de comida. Tirados sobre los aislantes, rodeados por cientos de jóvenes y sus sacos, era una imagen muy cercana a un campo de refugiados recién llegados. Pero no se vieron ni se escucharon llantos, al contrario, grupitos que cantaban o rezaban o jugaban o charlaban… Y noche al raso.

Amanece a las cinco de la mañana (y antes ya se ve tentando a la aurora). Pero esto, para mañana.

Hoy mi reflexión final va sobre cuánto bien nos hace ‘experimentar’ una situación que se parezca a lo que otros viven habitualmente. Sentirte masa, sentir que no puedes avanzar, que no hay recursos, que falta la comida, que en apenas un espacio de unos metros nos hacinamos decenas de personas… Y esto, porque aceptamos estar aquí. ¿Qué sienten todos los desplazados de sus hogares, que abandonan las pertenencias que los identifican como pueblo y familia, que se ponen en camino entre la incertidumbre del hambre y el rechazo, que son tratados como enemigos o peligrosos? Estos jóvenes hoy pueden hacer un ejercicio de empatía mucho más real e intenso. Escuchar que ocurre lejos, ver los llantos en las imágenes de un telediario o leer noticias de regueros humanos en huida buscando acogida, es ciencia ficción mientras no me duela, no sienta lo mal que se huele tras sudar durante horas sin posibilidad de una ducha; la incomodidad de esperar media hora para ir al baño con urgencia o estar en un lugar donde llega la hora de comer y no hay ninguna posibilidad sino teniendo que caminar kilómetros para adquirirla. Hoy estos jóvenes han recibido una lección que solo la comodidad y la indiferencia de nuestros lugares dejará en el olvido (pero sabrán que existe porque hoy lo han experimentado).

#JMJCracovia2016