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Carta desde el cielo

Carles Such, Sch. P.

 

A mis queridos hijos religiosos escolapios e hijas e hijos laicos escolapios:

Pax Christi.

 

He recibido su carta del 25 del corriente pidiéndome, muy a pesar mío, que le expresara mi sueño sobre las Escuelas Pías del siglo XXI. Le anticipo que será lo que Dios quiera, y será lo mejor, en la medida que le dejemos obrar y sepamos encomendarnos a nuestra Madre, la Virgen María, que nos acoge y escucha con solicitud y ternura.

 

Asegurando lo anterior, solo debemos hacer que las escuelas vayan bien, que es nuestro principal ministerio. El futuro no es la proyección de nuestros ideales y empeños, sino el eco de la presencia de Dios en nuestras vidas: cuanto más y mejor escuchemos, más y mejor resonaremos. Para eso conviene que lo primero que hagan los escolapios sea atenderse personalmente, el propio conocimiento que iluminará los talentos que el Señor ha depositado, como semilla, en cada uno. Descubrir, cuidar y acrecentar este don divino en cada uno, lo segundo a tener en cuenta: recoger como concha para poder derramar después como canal. Y no encontrarán camino más directo y seguro que el de abajarse, haciéndose como un niñito de dos años, que sintiendo su propia inconsistencia no sabe dar dos pasos sin trastabillar, y por tanto, tiende a asegurarse tomando con confianza la mano de sus padres. Hagan lo mismo ustedes y no den pasos sin aferrarse antes a la sólidas manos del evangelio de Jesucristo y de la Iglesia. Solo siendo pequeños podremos ser grandes. Solo asegurando el trato delicado y el bien de los pequeños, aseguramos nuestro futuro.

 

Hace apenas dos días recibía la agradable visita de un niño recién llegado de Siria. Antes de abandonar su vida y su país en guerra, prometió ‘contárselo todo a Dios’, y me han pedido que lo atienda yo. Tras escucharlo durante horas y dejar que pudiera expresar todo su sentimiento interior, he descubierto la espina de su dolor: el no haber diagnosticado y erradicado los sentimientos codiciosos de las pasiones que habitan en los adultos de su pueblo. ¡Ese es nuestro ministerio y nuestro futuro! Pues si desde la tierna infancia educamos de esta manera, hemos de prever con fundamento un feliz transcurso de la vida de las personas. Guerras, codicias, abusos, desigualdades, desprecio por nuestro planeta… son solo los efectos, nosotros, los escolapios, hemos de dedicarnos principalmente a trabajar y prevenir las causas.

 

Hermanos queridos, procuren que haya un lapicero en la mano de un niño cuando abandone su chupete. Que su alimento y su juego cotidiano sea el nutritivo ejercicio que le proporciona la educación. Acompañen a sus familias como a ellos mismos. Quiten de las manos de tantos niños, los ladrillos, el dinero, el pegamento o la droga; no permitan que los engañen con artimañas humanas, atráiganlos con lazos de amor, del amor de Dios.

 

Hagan saber a las autoridades y gobiernos que el soldado más efectivo es un maestro dignamente tratado, formado y acompañado. ¡Nada obtendrá más seguridad y garantizará el futuro de ese país! Que su empeño diario sea mostrar la vocación docente entre los desubicados de la Tierra como un oficio noble, necesario, útil, meritorio, beneficioso, muy de agradecer…

 

Y finalmente, les pido que sean educadores peregrinos y apostólicos, que transiten los lugares que nadie pisa y fecunden con escuelas los eriales y desiertos humanos. No es tiempo para replegarse, sino para entregarse. De donde todos huyan, vayan. Donde nadie quiera acudir, planten su tienda. Y en los lugares donde estén, brillen como estrellas en el inmenso firmamento de la pobreza y la vulnerabilidad, y no teman que el Señor les dará lo que sea necesario con tal que sirvan a los niños con caridad, paciencia y humildad.

 

Y nunca olviden que somos ‘Pobres de la Madre de Dios’, por tanto, nuestra importunidad sea con nuestra Madre y no tanto con los hombres, insistiendo por medio de la oración de los niños, pues de ella son las Escuelas Pías, y bajo su amparo nos acogemos y nos sentimos protegidos.

 

Yo no dejaré de pedir al Señor por todos mis hijos queridos.

 

José de la Madre de Dios 

 

 

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