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El ayer y el hoy de las Escuelas Pías

Antonio Lezáun Petrina, Sch. P.

Las Escuelas Pías nacen para atender a una gran necesidad de la sociedad europea de los siglos XVII y XVIII. Como dice Pío Pecchiai, “en el Renacimiento las escuelas públicas vinieron a ser cada vez menos y se operó un retroceso y una generalización de la ignorancia, al mismo tiempo que hombres doctísimos disputaban en latín o griego… La instrucción…, en el esplendor del Renacimiento, se convierte en un lujo reservado a unos pocos privilegiados”. En Roma, efectivamente, se calcula que a finales del siglo XVI había unos 4.000 niños sin escuela elemental. Y algo semejante sucedía en el resto de Europa.

 

José de Calasanz percibe con claridad esta necesidad, que afectaba a los hijos de las familias pobres que no podían pagar su instrucción. Y estas familias eran la gran mayoría de la sociedad. Como remedio, empieza por procurar la gratuidad de una escuela parroquial, la de Santa Dorotea, en el Trastévere de Roma. Corría el año 1597. Nace así, según Ludwig von Pastor, “la primera escuela popular de Europa”.

 

La afluencia de alumnos empieza a crecer inmediatamente. Y a los dos años tiene que trasladar su escuela al corazón de Roma, junto al Campo dei Fiori, a donde acuden ya 500 niños. En 1602, en un edificio mayor, el palacio Vestri, empieza a producirse la institucionalización de tan exitosa iniciativa: empieza a llamarse “Escuelas Pías”, por ser una “obra pía”, es decir, de caridad y beneficencia, que entraña la gratuidad; se establece un plan de estudios, que organiza a los alumnos (llegan ya a 700) por clases, con contenidos de aprendizaje precisos, graduados y completos; se crea la “Congregación de las Escuelas Pías”, asociación seglar de los maestros (seglares y sacerdotes) que llevan aquellas escuelas. Y gozan del apoyo decidido del papa Clemente VIII y de la ayuda caritativa de numerosas personas de Roma. José de Calasanz dirige y anima todo aquello, y procura nuevos maestros voluntarios que sostienen y amplían la labor de dichas escuelas. Así transcurrirán 20 años, en continuo crecimiento. Con la compra del palacio Torres, cercano a plaza Navona, se consolida la obra. Las limosnas de personas importantes y de gente sencilla siguen llegando. Así, con gran entusiasmo y tenaz esfuerzo, siguen educando “en la piedad y las letras” a multitud de niños de Roma (en San Pantaleón los alumnos llegan a 1.200), procedentes de los diversos barrios de la ciudad.

 

Pero Calasanz, cercano ya a la edad de 60 años, empieza a sentir preocupación por el futuro de aquellas escuelas. Tras un intento fallido de encomendarlas a una Congregación Religiosa ya existente, se decide por fin a fundar él mismo una Congregación Religiosa cuyo ministerio específico sea la educación integral de los niños, especialmente pobres. Y reafirma esa misión con un voto específico, además de los tres propios de los Religiosos, de dedicarse a la educación de niños y jóvenes. Así, en 1517, nace la primera Institución de Vida Consagrada, dedicada específicamente a la educación. Y le pone el nombre de “Congregación de Clérigos Regulares pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías”. En cuatro años, esta Congregación pasará a la categoría de Orden Religiosa, después de que Calasanz convenciera a las autoridades del Vaticano de que el ministerio de la educación justificaba la creación de una nueva Orden de clérigos y sacerdotes.

 

Las numerosas solicitudes de fundación de las Escuelas Pías que se iban recibiendo desde muchas ciudades de Italia y Centroeuropa y las numerosas personas que pedían ser admitidos en esa Orden parecían confirmar el acierto de Calasanz. Y así, a su muerte, en 1648, la Orden de las Escuelas Pías contaba con unos 500 religiosos y 37 casas, casi todas ellas colegios de enseñanza.

 

Pero en Roma no todos veían con buenos ojos que se diera enseñanza a los pobres. Cuando los Papas (Clemente VIII, Pablo V y Gregorio XV) apoyaban decididamente esta obra, sus voces permanecieron calladas. Pero cuando llegaron otros Papas (Urbano VIII e Inocencio X) que no mostraban tanto entusiasmo por esa labor, los enemigos de la educación de los pobres hicieron valer sus quejas y críticas. Y así se llegó a la lamentable decisión de Inocencio X, en 1646, de destruir la Orden y disgregar sus casas. Diez años duró esta situación, sin poder admitir novicios, sin Superiores Mayores y con las limosnas mermadas. Pero numerosos escolapios, animados por el fundador, continuaron, con una entrega y fidelidad muchas veces heroicas, su ministerio educativo, de manera que “no se cerró ninguna casa” o colegio. Y en 1656, el papa Alejandro VII, gran admirador de la obra de Calasanz, restauró la Congregación Religiosa de las Escuelas Pías, restauración completada trece años después por Clemente IX, elevándola a Orden Religiosa y devolviéndole todas las facultades y prerrogativas de que había anteriormente disfrutado.

 

Durante más de tres siglos las Escuelas Pías han seguido desarrollando su ministerio educativo en muchos lugares de Europa. El siglo XVIII, el siglo de las luces, fue especialmente glorioso para los escolapios. Extendidos desde Lituania y Bielorrusia hasta Sicilia y España, con numerosos colegios populares y también algunos de nobles, con religiosos destacados en educación, literatura y ciencias, con religiosos catedráticos de universidades, preceptores de príncipes y obispos… Pero las guerras napoleónicas y los largos conflictos posteriores causaron graves perjuicios a la Orden Escolapia, como a otras Instituciones de Iglesia.

 

La idea de la educación para todos se extiende en la sociedad civil con la Ilustración y se generaliza durante el siglo XIX, aunque la puesta en práctica de ese derecho universal tardará todavía mucho tiempo, incluso en Europa. Es ésta la época en que surgen numerosas Congregaciones Religiosas que toman como misión propia la educación de niños y jóvenes. Con siglos de retraso, la intuición de Calasanz se generaliza en la sociedad y en la Iglesia.

 

Algunas de estas Congregaciones beben directamente de la fuente calasancia. Son las que forman la llamada “Familia Calasancia”: Padres Cavanis (Italia, 1802), Hermanas de Vorselaar (Bélgica, 1820), Escolapias (España, 1829), Instituto Próvolo (Italia, 1830), Padres de Timón David (Francia, 1852), Calasancias de la Divina Pastora (España, 1885), Calasanziane (Italia, 1889), Kalasantiner (Austria, 1889).

 

Los Escolapios se hicieron presentes en España desde finales del siglo XVII. Pero su presencia tardó tiempo en consolidarse. En el turbulento siglo XIX, donde muchas Congregaciones Religiosas sufrieron desamortizaciones, prohibiciones de enseñar, expulsiones…, los Escolapios gozaron de un cierto trato de favor por ser considerados “los educadores del pueblo”. Desde finales del siglo XIX experimentan en tierras hispanas un considerable crecimiento, interrumpido temporalmente durante los años de la segunda República y la Guerra Civil. Tal crecimiento hace que, a mediados del siglo XX, los Escolapios de habla hispana (también en América) lleguen a representar casi la mitad de la Orden de las Escuelas Pías.

 

Durante la segunda mitad del siglo XX, las Escuelas Pías empiezan a experimentar una serie de cambios externos e internos que llegarán a dar una nueva fisonomía y nueva configuración a esta Orden docente fundada en el siglo XVII.

 

Un cambio muy visible lo constituyó la presencia cada vez más masiva de profesores seglares. Sabemos que en sus primeros tiempos las Escuelas Pías estuvieron en manos de seglares (laicos y sacerdotes seculares), y que aun después de la erección de la Congregación Religiosa, San José de Calasanz tuvo algunos colaboradores seglares. Durante varios siglos, sin embargo, los maestros y educadores de las Escuelas Pías eran Religiosos, casi en su totalidad. Pero el mismo aumento de colegios y alumnos trajo consigo la necesidad de buscar la colaboración de profesores seglares. Y cada vez éstos serán más numerosos, hasta llegar a ser la mayoría en nuestros colegios. En estas circunstancias, la Orden ha puesto mucho interés y medios para formar a esos profesores, de manera que puedan desarrollar su labor según el espíritu calasancio.

 

Un salto cualitativo en esta difusión del espíritu calasancio lo constituyó la creación de la “Fraternidad de las Escuelas Pías”, a nivel local, provincial y general. Numerosos laicos, hombres y mujeres, casados y solteros, han ido ingresando en estas Fraternidades, tras un largo proceso de formación cristiana y calasancia. Y son los miembros de estas Fraternidades los que en la actualidad llevan la mayor parte de los cargos y responsabilidades en los colegios de las Escuelas Pías. Estas vocaciones laicales escolapias son, sin duda, un magnífico don de Dios, que ensancha y fortalece el carisma calasancio, y pone en práctica algo previsto y deseado por el concilio Vaticano II.

 

Otro cambio muy visible es la expansión geográfica. De estar presentes durante mucho tiempo sólo en Europa, hemos pasado a estar en cuatro Continentes. La presencia en América empezó ya en el siglo XIX, aunque tímidamente. Es a partir de 1950 cuando la expansión por América se intensifica, mientras se inician las primeras presencias en Asia y África. Desde finales de siglo XX las Escuelas Pías han surgido con fuerza en estos dos continentes. Y hoy estamos en un proceso de crecimiento y consolidación muy esperanzador.

 

También en cuanto a los destinatarios de la misión escolapia se han producido cambios considerables. Los documentos del Vaticano II renovaron en los escolapios el deseo de servir a los pobres, y se fueron tomando decisiones que procuraron una mayor presencia y dedicación entre los sectores desfavorecidos. Así, fueron surgiendo, junto a los colegios tradicionales, obras de educación no formal, tales como Centros del menor, Hogares para niños sin familia, Centros de instrucción y apoyo a inmigrantes, Centros de alfabetización, etc. También en los colegios de educación formal crecido la atención a los sectores más vulnerables: aulas para alumnos discapacitados, apoyos a niños con necesidades educativas especiales, etc.

 

En estas labores de apoyo a los más pobres han supuesto una gran ayuda organismos que se han ido creando, tales como la Fundación “Itaka-Escolapios”, una ONG con finalidad de conseguir recursos y gestionar obras de este tenor.

 

Los Escolapios, desde nuestra concepción de “educación integral” hemos procurado tradicionalmente promover procesos de grupos en el ámbito no formal, que incluyeran en su proyecto claves de vida y de fe en línea con nuestro ser. Destacamos la creación del “Movimiento Calasanz”, como red institucional que agrupa y potencia todas estas actividades educativas y evangelizadoras.

 

También el sentido de Orden está cambiando entre los Escolapios. Desde una concepción donde primaba la autonomía de cada Provincia, los últimos tiempos han visto cómo se recomendaba y se practicaba una mayor colaboración inter-demarcacional, tanto a nivel de personas como de recursos. Esto está generando un sentido de pertenencia a la Orden más abierto y solidario.

 

De esta forma, en las Escuelas Pías de los últimos tiempos han ido cambiando acentos, estilos, destinatarios de nuestra misión, portadores del carisma, organización, etc. Pero creemos seguir siendo fieles al espíritu de Calasanz, al mismo tiempo que nos esforzamos por adaptarnos a los nuevos tiempos, con el deseo de servir lo mejor posible a los niños y jóvenes de hoy, tal y como con tanto ahínco y tesón lo hizo San José de Calasanz hace cuatro siglos.

 

 

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