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El misionero español al que imita el Papa

El momento más tenso en la vida del padre Alfaro sucedió hace una década, en el estado de Jharkhand, al este de la India. Se trata de uno de los territorios más activos del grupo guerrillero de los naxalitas, maoístas que desde hace ya medio siglo luchan por los más pobres frente al gobierno. «Son muy sanguinarios», asegura el misionero escolapio. «Nunca amenazan en balde: te dicen algo una vez y, a la segunda, te matan».

Alfaro los escuchó llegar alborotando subidos en sus motocicletas. Una docena de ellos irrumpieron en el poblado en medio del bosque -«donde nadie va nunca»- en el que trabajaba él. Entraron en su escuela a por dinero. «Y entonces», anuncia José Alfaro -riojano de 78 años, gorro de lana gris, pantalones azul de pintor remendados, piel oscura, ojos vivos tras una montura de gafas de metal- «fue cuando me enojé y les eché un sermón de mil diablos».

El líder del grupo naxalita -bienvenidos a las paradojas de la India- se había convertido al catolicismo poco tiempo antes. El español se encaró con él. «¡Sois vosotros quienes tenéis que conseguir dinero para mí, que estoy dando una escuela a vuestros hijos!», le soltó. «¡Decís que ayudáis a la gente, pero no lo hacéis!». El jefe rebelde agachó la cabeza: «Sí padre, sí padre…». El español ordenó después a todos arrodillarse ante él, les colgó a cada uno del cuello uno de los rosarios de colores de plástico que siempre lleva en su equipaje y los bendijo. «Y ahora», les despidió, «¡Fuera de aquí! ¡A matar gente por ahí!».

Alfaro ríe a carcajadas cuando lo recuerda. «¡Fue grandioso! ¡Increíble!», repite varias veces sentado en su habitación junto a la iglesia de la Asunción de Katmandú, el templo católico más importante del país, entre los mapas de la región que minutos antes desplegaba, la vieja máquina de escribir con la que ultima un ensayo sobre su adorada Santa Teresa y la Biblia en nepalí con la que reza cada mañana. «¡Y lo más gracioso es que al día siguiente llegaron otros dos retrasados más diciendo que también querían un rosario! ¡Grandioso!». Y continúa riendo.

El escolapio José Alfaro es el único misionero europeo en Nepal. Antes aprendió a evangelizar en Argentina, donde conoció a Bergoglio.

 

Alfaro es el único misionero europeo que trabaja en Nepal. Un cura escolapio que salió hace 50 años de Logroño, donde nació, para irse a Argentina, donde vivió más de dos décadas y desde donde se marchó después a la India. En Argentina conoció al Papa Francisco, jesuita, cuando este ascendía ya en la jerarquía pero aun era un oficial de la infantería de la Iglesia.

Hoy al misionero español le gusta repetir que va a demandar a su antiguo colega, con quien no mantuvo el contacto, porque le está «copiando» las ideas. «Lo que él predica ahora yo lo hago y vivo desde hace muchísimos años, cuando vine a la India y me convertí», dice. «Me convertí en el sentido de que no me gustaba la vida y el estilo, la fachada, que la iglesia presentaba aquí en la India, una cara de riqueza, de mucho bienestar, de curas, sacerdotes y monjas con unas iglesias y unos conventos fabulosos rodeados de una miseria espantosa, que es lo que también pasa en Nepal. Por eso a mí no me gusta la iglesia ni estar en la ciudad, prefiero ir a la montaña y vivir con la gente. Ahí es donde estoy feliz comiendo arroz y hierba. Hay que predicar con la vida».

HUIR DE LA POBREZA. Es sábado al mediodía y el español acaba de salir de la principal misa semanal en Katmandú. El número de cristianos asciende cada año en el país. La conversión a otra religión es la única vía de escape que los más pobres, los habitantes de las castas más bajas del hinduismo, encuentran frente a un destino preestablecido de miseria y explotación. Pero sube el número de cristianos protestantes, no el de católicos, que apenas llega a 7.000 fieles en el país.

La iglesia de la Asunción es un ejemplo revelador de cómo la Iglesia católica trata de avanzar en este país de mayoría hinduista y minoría budista, las dos religiones siempre reconocidas como oficiales y hasta hace pocos años únicas no perseguidas en el país. Los feligreses se descalzan para entrar, atienden la misa sentados en el suelo, hacen ofrendas de frutas en el altar y besan estatuas de santos cuya iconografía muestra una clara inclinación (eufemismo de imitación) a las formas y colores del hinduismo. Al padre Alfaro, eso sí, no le gustan algunos de esos detalles de la liturgia, como tener que andar descalzándose en la iglesia, y así lo reconoce mientras las nuevas beatas nepalíes abandonan el templo, inclinan la cabeza ante él y le piden su bendición.

Tras 20 años en India, en los estados de Kerala y Sikkim, sobre todo, Alfaro se estableció hace ya más de cinco en Nepal. Conocía el país, porque era a donde cruzaba frecuentemente para renovar su visado. De cara a la burocracia y los controles él nunca fue un sacerdote; siempre era un profesor. Hoy tiene, como cuenta, una «business visa». Un permiso de negocios que puede renovar anualmente.

Pero en el bolsillo de la camisa, como muestra mientras se levanta ágil de la silla para ponerse en pie, guarda su «arma secreta», como lo llama. El pasaporte diplomático más efectivo para esquivar cualquier control policial en la frontera: una chuleta con letras negras que arranca así: «Sayau thugaphulka hami, eutai mala nepali. Sarwabhaum bhai phailieka, Mechi-Mahakal». 

El misionero levanta la cabeza y entona las palabras en nepalí fonéticamente escritas. Es, sí, el himno del país. El que canta a los policías cuando le paran en inmigración y le preguntan qué hace allí y no le creen cuando responde que estudiar su cultura. El efecto es inmediato. Los agentes se quedan atónitos, se cuadran y le ceden el paso. «Ni siquiera ellos conocen su propio himno. Y yo se lo canto o se lo bailo, lo que haga falta. Los dejo impresionados», lo resume. Y otra vez rompe a reír.

«A por la mosca»

El español tiene dos misiones en esta zona del mundo: escolarizar y evangelizar. La primera la desarrolla desde hace más de una década. Como escolapio que es, y como insiste, cree en la idea del desarrollo a través de la educación, y se dedica a abrir pequeñas escuelas en las zonas más deprimidas de los estados de la India donde vivía y ahora de los distritos más rurales de Nepal donde se ha trasladado. Ya ha abierto una treintena de ellas. Para ello viaja cada año a España en busca de dinero. A por «la mosca», como dice con guasa. «La pido. Y si no me la dan, atraco un banco. Pero no se lo diga a nadie…», bromea de nuevo, hablando en un susurro y moviendo en el aire los brazos como si disparara una ametralladora de gánster de cine clásico.

El resultado es que con cada visita logra reunir fondos suficientes para levantar pequeñas escuelas en zonas pobres como Sindhupalchowk, una de las áreas más castigadas por el terremoto del año pasado, donde aun hoy sus habitantes malviven en tiendas de campaña de plástico o en chabolas de hojalata. En ocasiones logra el apoyo institucional de gobiernos como el de La Rioja o de organizaciones como Manos Unidas. Aunque esta última, se lamenta, ya no quiere ayudarlo en Nepal por «la corrupción» del país.

Consiguió que unos guerrilleros maoístas le pidieran perdón de rodillas por intentar robarle en plena selva.

 

El primer centro que abrió en Nepal fue hace cinco años. Ya va camino de la decena. Cada nueva escuela que inaugura cuesta por encima de los 100.000 euros y funciona básicamente como aulario para los niños, pero también en ocasiones como salas de reuniones para la comunidad. E incluso como capilla, claro. Porque esa es la segunda de las misiones del padre Alfaro. «Evangelizar», confirma él mismo.

Y como un espía de película, también para este trabajo tiene su arsenal de trucos. Las escuelas, sobre todo, con las que ayuda a esas comunidades pobres con las que convive. Los globos que reparte entre los niños, que cuando le ven lo llaman a gritos «¡Father, balloon, ballon!» («¡Padre, globo, globo!»). O esos rosarios de colores que lucen hasta los guerrilleros comunistas. Pero no es tan sencillo. Aunque el hinduismo sea para él, como lo describe, «cosas de dioses como los antiguos griegos, folclore y festivales, algo que tendrá que acabarse porque la gente inteligente no puede aceptar historietas así», se enfrenta a una religión con tres milenios de ventaja sobre la suya.

A su favor al menos tiene, eso sí, que le queda tiempo aun para lograrlo. El padre Alfaro dice que hasta los 95 no tiene previsto retirarse.

Por David López / Reportaje fotográfico de Salva Campillo

Publicado en Papel, suplemento de El Mundo, 11 de abril de 2016

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