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José de Calasanz: maestro, amigo de Dios y profeta

Ángel Ayala Guijarro Sch.P.

 

En el cruce de los caminos

En medio de la acción. Así comienza esta historia.

Su protagonista, un sacerdote entre joven y maduro que vive a medio camino de sus ambiciones personales y el deseo de una Iglesia nueva con el sabor profundo del evangelio de Jesús. Se llama José Calasanz, y ha llegado a Roma cuando está finalizando el s. XVI. Viene bien pertrechado: un título de Doctor en Teología recién obtenido bajo el brazo y el ímpetu de quien cree y sabe que puede con todo.

Desde el Palacio Colonna donde se hospeda, ha comenzado a recorrer los barrios de la ciudad. Descubre entonces un paisaje insólito, el de la falta de oportunidades educativas, que se reviste de múltiples ropajes para salirle al paso, cuestionando su vida y sus opciones: los niños, sus familias, la exclusión social del Trastévere, una Iglesia en trance de renovación tras la ruptura abrupta de los reformadores, y sus propios anhelos de ser más, buscando el mejor modo de servir a Dios.

Sin embargo, como en toda historia que se precia de ser auténtica, los cambios son siempre fruto del tiempo necesario para dejar que el corazón madure, para que los ojos se vayan avezando en intuir los perfiles inauditos de la realidad, y para que la escucha se afine hasta percibir cómo y dónde se es llamado a derrochar la vida hasta entregarla. De ahí las tres décadas (1592-1622) que Calasanz emplea en excusas y disculpas, pruebas e intentos para conciliar, en un primer momento, el servicio de Dios en una escuela con el ansiado puesto de canónigo, y después, la llamada a educar a los niños con la búsqueda de quienes gestionen la tarea en su lugar: jesuitas, dominicos, maestros municipales, que elogian su labor, desentendiéndose todos de las “escuelas gratuitas para alumnos pobres”.

Calasanz “se da cuenta”, va creciendo en la consciencia de la llamada que la realidad, y Dios en ella, le está dirigiendo. El consejo experto de los carmelitas descalzos de la Scala, amigos y confidentes, le ayudará a desplegar un proceso de búsqueda y respuesta desde el que ir clarificando sus motivaciones.

 

Un nuevo modo de mirar

Comienza a alejarse el futuro soñado, las razones que le llevaron a zarpar desde España a finales de 1591, y que le permitieron conocer los enclaves universitarios más relevantes de su tiempo. Más atrás va quedando la casa de su padre en Peralta de la Sal, la honra familiar que puso en riesgo vocación y proyectos, como antes lo hiciera la misteriosa dama de Valencia, en un affaire sin más consecuencias que lo aprendido para acompañar después a otros.

Lecciones a caballo entre el servicio a los obispos, la reflexión teológica y los afanes sacerdotales en la diócesis de Urgell, donde la compañía de monseñores consiguió despertar lo mejor de sí para ponerlo al servicio de la Iglesia.

Calasanz es ahora un hombre adulto, en la mitad de la vida, frente a sus propias preguntas, balbuceando anhelos y aprendiendo a perder para ganarlo todo. Se abre ante él un tiempo de encrucijada, de cambios que se sienten en el hondón del alma, y que le dejan en una incómoda intemperie en la que ir barruntando que ser pequeño es grande, y que sólo son sabios los que son como niños.

 

El que quiera ser grande…

Esa suerte de mundo al revés que es el evangelio de Jesús desbarata su existencia planificada, y le sitúa en el retortero del seguimiento, con sus idas y vueltas. La escuela para todos que comienza en Santa Dorotea aquél otoño de 1597 le complicó para siempre la vida: quedarse sin dineros, olvidar el prestigio, compartir suerte, infortunios, mudanzas, todo el tiempo con alumnos y algunos compañeros, tan rápidos en llegar como en marcharse.

La escuela calasancia crecía, su raíz era fuerte, pues era el Señor mismo, pero los brazos, escasos y débiles, la entregaban cada tarde, al sonar la campana, en el regazo de la Providencia, sin saber con certeza cómo encarar el día de mañana. Para ser religioso era ya viejo, pues pasaba de los 60 y con salud quebrada. Estaba bien “de cura”, y quería ser maestro, pues había encontrado el tesoro escondido entre aquellos pequeños del silabeo y las cuentas.

Y cuando parecía que ya nada pasaba, da un salto la sorpresa: recibe un nombre nuevo, identidad estrenada, compañeros estables, y una casa común: son las Escuelas Pías, ese regalo bueno, que Jesús, que fue un niño, siempre quiso tener: un colegio de barrio con sabor a evangelio, en el que crecen juntas la piedad con las letras, donde educa María, que es la mejor Maestra.

Los niños le asaltaron la vida desde entonces, y se fue complicando la cosa: olvidarse de España, porque había encontrado ya el modo que buscaba de servir al Señor haciendo el bien a los pequeños,… y no quería dejarlo. Acompañar hermanos, sugerir nuevos modos de vivir lo de siempre, lo que es ser cristiano, y ponerse a servir, en algo que a muchos les parece vil y despreciable, abajándosepara dar luza los que nadie mira.

Engrandeció la escuela, y la hizo para todos, un camino de encuentro, en éxodo de sí y salida a los otros: una tarea útil, necesaria, razonable, agradecida, gloriosa…, camino que humaniza porque conduce a Dios. Profeta educativo, el primero de todos, maestro sabio y bueno, su vida es, toda ella, una escuela que estalla de evangelio y cultura.

El final de su vida, fue quedando en penumbra: los años, los problemas, calumnias y mentiras, el dolor más amargo para alguien que creció amando la Verdad, cooperando con ella, sirviéndola sin más.  La traición de los hijos, un final repetido que le asemejaba al Maestro Jesús; y como él, accedió a perdonar, amando hasta el extremo de entregar su obra para ser destruida en un final agónico que no llegaba nunca. Aquél 25 de agosto de 1648, una sonrisa dulce y el nombre de Jesús.

“¡Ha muerto el santo viejo!” Gritaron los pequeños, pregonando por Roma el viaje del maestro: por herencia pobreza, por camino, piedad. Por todo testamento: Dejemos obrar a Dios…que para mejor será.

Fue entonces cuando, entre el alboroto de los niños, alguien percibió el susurro de la Sabiduría, al recordar: “Yolo puedo todo y todo lo hago nuevo. Entrando en almas buenas de cada generación, voy haciendo profetas nuevos y amigos de Dios” (Sab7, 27).

 

 

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